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La desconexión digital no es un lujo. Es una necesidad de salud mental y una oportunidad de liderazgo.




Después de la pandemia, muchísimas personas dejaron de tener una verdadera salida del trabajo. El trabajo empezó a vivir en casa.


Se volvió normal responder mensajes fuera de horario, revisar correos en la noche, atender pendientes en fines de semana y vivir con la sensación de que siempre había que estar “disponibles”.


Y aunque eso por mucho tiempo se vendió como compromiso, hoy sabemos que también ha tenido un costo emocional muy alto.


La conversación sobre salud mental en el trabajo ya no puede tratarse como algo secundario. La OMS reportó que durante el primer año de la pandemia aumentaron en 25% la ansiedad y la depresión a nivel global, una señal clara de que el bienestar emocional necesita ser parte seria de cómo trabajamos y lideramos.


Por eso me parece tan importante hablar del derecho a la desconexión digital.


En México, este derecho ya está reconocido dentro de la Ley Federal del Trabajo para personas en modalidad de teletrabajo. Y además, el 3 de marzo de 2026 se presentó y publicó en la Gaceta Parlamentaria una propuesta de reforma para fortalecer y ampliar este derecho, planteando que las personas trabajadoras puedan desconectarse al terminar su jornada, así como durante vacaciones o licencias autorizadas, sin represalias.


Pero más allá de la ley, esto abre una conversación todavía más profunda.


Para mí, la desconexión digital no es solo un tema legal. Es una oportunidad para recalibrar la cultura laboral.


Es una oportunidad para preguntarnos:

¿Estamos confundiendo disponibilidad con desempeño? 

¿Estamos premiando la urgencia constante en lugar de la claridad? 

¿Estamos construyendo culturas sostenibles o culturas que agotan?


Porque una empresa no se fortalece cuando su gente nunca descansa. Se fortalece cuando sus equipos pueden rendir bien sin vivir en estado de alerta permanente.


Y aquí viene uno de los retos más grandes: aprobar una ley es una cosa; aplicarla de verdad es otra.


El reto no será solo escribir una política interna. 

El reto será cambiar hábitos profundamente normalizados: líderes que escriben a cualquier hora, equipos que sienten culpa por no responder de inmediato, organizaciones que siguen midiendo compromiso según presencia digital y no según resultados.


También habrá que distinguir entre una urgencia real y una falta de planeación. Habrá que formar líderes que sepan poner límites sin perder cercanía. Y habrá que construir culturas donde descansar no sea visto como debilidad, sino como parte de un desempeño más humano, más inteligente y más sostenible.


Además, en México esta conversación conecta directamente con algo que ya existe: la NOM-035, que obliga a identificar, analizar y prevenir factores de riesgo psicosocial, así como promover un entorno organizacional favorable. Es decir, el bienestar emocional en el trabajo ya no es opcional; es parte de la responsabilidad organizacional.


Yo lo veo así:

La desconexión digital no frena la productividad. 

La recalibra.


La vuelve más sana. 

Más clara. 

Más consciente. 

Más humana.


Y en tiempos donde tantas personas siguen intentando recuperarse del desgaste emocional que dejó la pandemia, proteger el descanso no es debilidad.


Es estrategia. 

Es prevención. 

Es respeto. 

Y también es liderazgo.


Porque mientras más aprendamos a poner límites sanos, más cerca estaremos de construir una vida y una forma de trabajar verdaderamente imparables.


— Daya Rebolledo


 
 
 

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