top of page
Buscar

El arte de rendirse sin darse por vencido

9 sept
7 min de lectura

Estamos llegando al cierre del tercer trimestre del año.


Y quizás este sea uno de esos momentos en los que comienzas a hacer cuentas.


¿Qué logré?

¿Qué no logré?

¿Qué meta sigue pendiente?

¿Qué prometí que iba a cambiar y todavía no he cambiado?

¿Qué quería que sucediera a estas alturas y simplemente… no sucedió?

Cuando se acerca el último trimestre del año, es fácil sentir que comienza una especie de carrera contra el tiempo.


Quedan tres meses.


Y entonces aparece la urgencia de querer recuperar todo lo que no hicimos, acelerar todo lo que no avanzó y cumplir a la fuerza aquello que escribimos como objetivo muchos meses atrás.


Pero quizás cerrar bien el año no significa correr más rápido.


Quizás significa aprender a soltar.


Porque existe una diferencia enorme entre darse por vencido y rendirse.


Darse por vencido es abandonar lo que verdaderamente importa porque el camino se hizo difícil.


Rendirse, en cambio, puede significar dejar de luchar contra aquello que ya no puedes controlar, dejar de sostener algo que ya no te corresponde y confiar lo suficiente como para cambiar de dirección.


Y a veces, esa también es una forma de valentía.


No todas las metas merecen llegar contigo a diciembre


En enero solemos crear nuestras metas desde la persona que somos en ese momento.


Pero han pasado nueve meses.


Y muchas cosas pueden cambiar en nueve meses.


Cambian nuestras circunstancias.

Cambian nuestras prioridades.

Cambian nuestras relaciones.

Cambian nuestras necesidades.

Y, sobre todo, cambiamos nosotros.


Por eso no estoy de acuerdo con obligarnos a cumplir en diciembre exactamente aquello que una versión de nosotros decidió en enero, sin detenernos antes a preguntarnos:

¿Esto todavía es importante para mí?


Hay metas que necesitan más disciplina.


Pero también hay metas que necesitan ser despedidas.


Quizás querías lograr algo porque sentías que “ya te tocaba”.


Porque todos a tu alrededor parecían hacerlo.

Porque querías demostrar algo.

Porque se veía bien desde afuera.

Porque pensabas que alcanzar esa meta finalmente te haría sentir suficiente.


Y ahora, meses después, quizás puedes reconocer que ya no quieres lo mismo.

Eso no significa que fracasaste.

Significa que tienes nueva información.


Como decía Maya Angelou:

“Do the best you can until you know better. Then when you know better, do better.”


O, en español:

“Haz lo mejor que puedas hasta que sepas más. Y cuando sepas más, hazlo mejor.”


No podemos exigirle a nuestra versión de hoy que tome decisiones únicamente con la información, las prioridades y la perspectiva que tenía meses atrás.


Una persona ágil no se aferra a un objetivo simplemente porque alguna vez lo escribió en una libreta.


Se permite aprender, cuestionar y volver a elegir.


Se pregunta si ese objetivo todavía está alineado con la vida que quiere construir.


Soltar también es avanzar


Nos enseñaron a admirar a quien nunca se rinde.


A quien insiste.

A quien persevera.

A quien sigue intentando sin importar cuántas veces algo salga mal.

Y claro que la perseverancia importa.


Hay momentos en los que necesitamos seguir adelante aunque sea difícil.


Pero también existe otra habilidad igual de importante y de la que hablamos mucho menos:

saber cuándo dejar de empujar una puerta que ya no conduce a ningún lugar.


Porque perseverar en algo equivocado no siempre es valentía.


A veces es miedo.


Miedo a aceptar que cambiamos de opinión.

Miedo a decepcionar a alguien.

Miedo a sentir que perdimos tiempo.

Miedo a empezar de nuevo.

Miedo a preguntarnos quiénes somos sin esa meta que durante tanto tiempo nos definió.


Pero lo que ya invertiste en un camino no significa que tengas que permanecer en él para siempre.


Soltar no borra lo vivido.


Te llevas la experiencia.

Te llevas las conversaciones.

Te llevas los errores.

Te llevas el aprendizaje.

Te llevas una versión de ti que ahora sabe más.


Y entonces puedes usar todo eso para elegir mejor el siguiente paso.


La pregunta no es solamente “¿qué quiero lograr?”


Al comenzar el último trimestre del año, solemos preguntarnos:

¿Qué me falta por hacer?


Yo quiero proponerte otra pregunta:


¿Qué necesito dejar de hacer?


¿Qué tienes que dejar de perseguir?

¿Qué tienes que dejar de intentar controlar?

¿Qué compromiso ya no quieres sostener?

¿Qué expectativa necesitas soltar?

¿Qué conversación ya necesita un cierre?

¿Qué resentimiento llevas cargando demasiado tiempo?

¿Qué versión de ti estás intentando mantener viva aunque ya no te represente?


Porque a veces pensamos que para avanzar necesitamos añadir algo más.


Una nueva rutina.

Una nueva meta.

Una nueva estrategia.

Una nueva certificación.

Otro proyecto.

Otra obligación.


Pero quizás el cambio más poderoso para estos últimos meses del año no sea agregar.


Sea hacer espacio.


Rendirse no significa dejar de actuar


Hay algo importante que aclarar.


Rendirse no significa sentarte a esperar que la vida resuelva todo por ti.


No significa renunciar a tu responsabilidad.


No significa dejar de esforzarte.


Para mí, la rendición saludable se parece más a esto:

Hago lo que está en mis manos y dejo de intentar controlar lo que no lo está.


Hay una parte que sí te corresponde.


Presentarte.

Trabajar.

Tener la conversación.

Enviar la propuesta.

Cuidar tu cuerpo.

Poner el límite.

Pedir ayuda.

Cambiar el hábito.

Tomar una decisión.


Pero después de hacer tu parte, hay muchas cosas que simplemente no puedes controlar.


No puedes controlar cómo responderán los demás.

No puedes controlar exactamente cuándo llegará una oportunidad.

No puedes controlar todos los resultados.

No puedes controlar que la vida siempre siga el calendario que habías imaginado.


Y vivir intentando controlar lo incontrolable puede convertirse en una de las formas más silenciosas de agotamiento.


Hacer tu parte y confiar


Para algunas personas, esta parte tiene que ver con Dios.


Para otras, con la vida.


Con el universo.


Con su espiritualidad.


Con algo más grande que ellas mismas.


El nombre puede cambiar.


Pero la esencia se parece:

hacer lo que te corresponde y aprender a confiar con aquello que ya no depende de ti.


Yo creo que hay momentos en los que podemos hacer todo “bien” y aun así las cosas no salen como esperábamos.


Y ahí aparece una pregunta incómoda:

¿Soy capaz de confiar incluso cuando no entiendo?


No una confianza ingenua que niega el dolor o las dificultades.


Sino esa confianza que dice:

“He hecho mi parte. Voy a seguir caminando. Pero no necesito tener cada respuesta hoy.”


A veces rezamos pidiendo que se abra una puerta.


Y nuestra frustración viene de no darnos cuenta de que quizás la respuesta fue precisamente que esa puerta permaneciera cerrada.


A veces queremos controlar el cómo, el cuándo y el resultado.


Pero rendirse también puede ser decir:

“Dios, esto es lo que deseo. Voy a trabajar por ello. Pero si existe otro camino para mí, ayúdame a reconocerlo.”


Y si tu forma de ver la vida no pasa por Dios, puedes traducirlo de otra manera:

“Esto es lo que deseo. Voy a hacer todo lo que está en mis manos y voy a aceptar que no necesito controlar cada parte del proceso.”


En ambos casos existe el mismo acto de humildad:

Reconocer que podemos dirigir nuestra vida sin pretender dominarla por completo.


Antes de entrar al último trimestre, haz una auditoría diferente


No quiero que revises solamente tu lista de metas.


Quiero que revises la persona en la que te estás convirtiendo.


Toma una hoja y divide tus metas actuales en tres categorías:


1. Lo que quiero mantener


Aquí van las metas que todavía están alineadas contigo.


Esas que cuando piensas en lograrlas sientes expansión, propósito o verdadera importancia.


Quizás requieren más esfuerzo.


Quizás no avanzaste tanto como querías.


Pero todavía sabes por qué importan.


Estas son las metas a las que vale la pena llevar tu energía durante los próximos tres meses.


2. Lo que necesito ajustar


Hay metas que siguen siendo importantes, pero necesitan una nueva estrategia.


Quizás el objetivo era correcto, pero el plan no.


Tal vez necesitas bajar la expectativa.


Cambiar el plazo.


Pedir ayuda.


Dividir el objetivo en pasos más pequeños.


Modificar la manera en la que lo estás intentando.


Recuerda:

Cambiar de estrategia no significa cambiar de sueño.


3. Lo que estoy lista para soltar


Y aquí puede estar la parte más difícil.


¿Qué meta puedes liberar?

¿Qué expectativa puedes dejar ir?

¿Qué necesitas perdonarte por no haber conseguido?

¿Qué batalla puedes dejar de pelear?

¿Qué resultado necesitas entregar?


Escríbelo.


No para minimizarlo.


Sino para reconocer que también puedes elegir conscientemente aquello a lo que ya no vas a entregar tu energía.


Tres meses no son para hacerlo todo


El último trimestre del año puede convertirse fácilmente en una carrera de compensación.


Intentamos hacer en tres meses todo aquello que no hicimos en nueve.


Y terminamos diciembre agotados.


No quiero proponerte eso.


Quiero proponerte algo diferente:

elige menos, pero elige mejor.


Pregúntate:

Si solamente pudiera avanzar significativamente en tres cosas antes de terminar el año, ¿cuáles tendrían mayor impacto en mi vida?

Una puede ser profesional.

Otra personal.

Otra relacionada con tu bienestar, tus vínculos o tu espiritualidad.

No hay una fórmula correcta.


La clave es que sean tuyas.


No las metas que se ven bien.

No las metas que otras personas esperan.

No las metas que una versión antigua de ti decidió.


Las que son importantes para la persona que eres hoy.


Cierra el trimestre con estas cinco preguntas

Antes de comenzar los últimos tres meses del año, regálate un momento de reflexión.


Pregúntate:

1. ¿Qué estoy sosteniendo solamente porque me cuesta aceptar que es momento de soltarlo?

2. ¿Qué meta todavía se siente profundamente alineada conmigo?

3. ¿Dónde necesito perseverar y dónde necesito rendirme?

4. ¿Qué está bajo mi control y qué necesito dejar de intentar controlar?

5. ¿Qué quiero confiarle a Dios, a la vida o a aquello en lo que creo mientras sigo haciendo mi parte?


No tienes que tener respuestas perfectas.


Solo respuestas honestas.


Quizás rendirte sea exactamente lo que necesitas para seguir


Hay momentos en los que avanzar requiere empujar.


Y otros en los que avanzar requiere abrir la mano.


Dejar ir una expectativa.


Aceptar un final.


Cambiar una meta.


Perdonarte.


Reconocer que no sabes exactamente qué sigue.


Confiar.


La verdadera fortaleza no siempre se ve como seguir luchando.


A veces se ve como tener suficiente seguridad para decir:

“Esto ya no es para mí.”


O:

“No puedo controlar este resultado.”


O incluso:

“Voy a seguir haciendo mi parte, pero ya no voy a vivir intentando forzar lo demás.”


Ese es el arte de rendirse sin darse por vencido.


No abandonar tu vida.

No dejar de creer en ti.

No renunciar a aquello que verdaderamente importa.


Sino aprender a distinguir entre lo que necesita más esfuerzo y lo que necesita ser liberado.


Así que antes de entrar al último trimestre del año, no te preguntes solamente cuánto más puedes hacer.


Pregúntate cuánto puedes soltar.

Inspírate, actúa y recalibra tu vida. - Daya

 
 
 

Comentarios


  • Instagram
  • LinkedIn
  • YouTube
  • Spotify
  • Threads
  • Facebook
bottom of page